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DOMINGO V DE PASCUA

Viernes, mayo 16th, 2014

Quien me ha visto a mí a visto al PadreEl fragmento del evangelio que hoy nos propone la Iglesia, está tomado del discurso de las despedidas del evangelio de san Juan. Jesús sabe que está cerca su hora y que está a punto de dar cumplimiento total a la misión que el Padre le ha encomendado. Está con sus discípulos de la Última Cena y quiere darles las últimas recomendaciones antes de separarse de ellos.

Después de los acontecimientos que han vivido los últimos días y de lo que el Señor Jesús les ha ido adelantando respecto a su persona, los discípulos están un tanto nerviosos e intranquilos. Por eso lo primero que el Señor les dice es: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo… y adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás, un tanto extrañado replica: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». El Señor Jesús le mira y responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Ante esta respuesta, Felipe, no puede contenerse y exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta del Señor no puede ser más contundente: «Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

Este diálogo del Señor con sus discípulos, lo tiene hoy contigo y conmigo. En nosotros, viendo los acontecimientos que suceden en la sociedad, y recibiendo cada día el bombardeo continuo del mundo que nos ofrece una felicidad pasajera y barata, también surgen dudas que siembran en nuestro corazón la intranquilidad. Por otra parte, comprobamos como aquellos que han vuelto la espalda a Dios y siguen sus apetencias viviendo según sus criterios, aparentemente prosperan y son felices. ¿Cómo es posible esto, nos preguntamos?

También a ti y a mí, el Señor Jesús nos responde hoy: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… No os dejéis arrastrar por esos espejismos del mundo. Todo son apariencias. La felicidad que os brinda el mundo es pasajera y falsa. Quizá como Tomás también nosotros preguntemos entonces al Señor ¿cuál, pues, es el camino para encontrar esa felicidad y esa paz verdaderas? La respuesta no se hace esperar y el Señor Jesús nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Él es el camino que lleva a la verdad y a la vida. No nos equivoquemos, no nos dejemos confundir. El mundo, la sociedad, nos brindará medios y creencias para conseguir la paz interior. Nos mostrarán otras religiones, sobre todo orientales, para lograr el equilibrio interno. Nos dirán que todas llevan al encuentro con Dios, pero esa afirmación es falsa. A nuestro fin último, a aquel para el que fuimos creados, que es el encuentro con el Amor, el encuentro con nuestro Padre Dios, solo podremos llegar a través de su Hijo Jesucristo. No existe otro camino. Así quedó definido tajantemente en la declaración “Dominus Iesus” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada por Juan Pablo II, que ordenó su publicación. Solo en Él, y a través de Él, encuentra el hombre la salvación. San pedro lo afirma en los hechos de los Apóstoles cuando dice: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». El único camino, la única manera que nosotros tenemos para llegar al Padre, es a través de su Hijo Jesucristo, que se hizo hombre para que Dios tuviera un rostro que nosotros pudiéramos contemplar. Así se lo dice el Señor hoy a Felipe en el evangelio: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

DOMINGO I DE CUARESMA

Jueves, marzo 10th, 2011

Iniciamos con este domingo la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la Pascua del Señor Jesús

 

            El evangelio de san Mateo nos presenta al Señor, inmediatamente después de haber sido bautizado en el Jordán por Juan. Marcha al desierto para prepararse a su misión durante cuarenta días, haciendo presente los cuarenta años que el Pueblo anduvo en el desierto, antes de entrar en la Tierra Prometida. San Mateo nos dice que es llevado al desierto por el Espíritu, con objeto de ser tentado por el diablo.

 

            Observamos que en las tenciones a que se somete el Señor, aparece la expresión, …si eres Hijo de Dios. Esto sin duda se debe, a que es fundamental que quede de manifiesto la filiación divina de Jesús. Contra lo que mucha gente cree, la naturaleza divina del Señor ha estado totalmente eclipsada durante su vida oculta. El Señor, no es una persona humana que tiene conciencia de su categoría de Dios. Él, en el transcurso de los años vividos en Nazaret con María y José, va descubriendo de una manera paulatina su condición de Dios. El momento culminante de este descubrimiento, tiene lugar poco antes del pasaje que contemplamos hoy, cuando al recibir el bautismo de penitencia en el Jordán, es el Padre, el que de una manera inequívoca, proclama que Aquel, es su Hijo amado.

 

            Las tentaciones a que es sometido el Señor, contra lo que nos pudiera parecer, son fundamentales. Son las mismas a las que fue sometido el Pueblo en el desierto y las mismas a las que somos sometidos nosotros. Los israelitas pidieron a Moisés, pan. Querían asegurarse por encima de todo el alimento material. Estaban más pendientes de su seguridad física, que de la obra que el Señor estaba llevando a cabo con ellos. No confiaban en el Señor, querían tener “asegurados los garbanzos”, o de lo contrario se negaban a caminar.

 

            En la segunda tentación, el maligno invita al Señor a salirse de su propia realidad. A no aceptar que es un pobre artesano de una aldea remota de Galilea. Por eso le hace ver que, para que la gente lo reconozca como Mesías, es preciso que realice un milagro llamativo. Es la misma tentación de Israel. No acepta caminar por el desierto. No acepta la realidad en la que lo ha colocado el Señor, por eso, exige milagros.

Finalmente, la tentación de los ídolos. El Pueblo, olvidando las maravillas realizadas por Dios en su favor, se postra ante un ídolo mudo, incapaz de dar la vida y de salvar. El maligno ofrece al Señor las riquezas de todos los pueblos. Le invita a poner su confianza en los ídolos. Le pide que le adore, dejando de lado a Dios.

 

            ¿Eres capaz de ver en estas tres tentaciones tu historia? Vamos a ver: ¿Qué has hecho desde tu juventud? Te has esforzado en los estudios o en el trabajo, para asegurarte un porvenir. Seguro que ha sido más importante esto, que buscar a Dios y confiar en su providencia. De los siete días de la semana, seis los has utilizado buscando tu seguridad. Has querido asegurar tu vida con el trabajo. Durante el séptimo, te has dedicado al esparcimiento y la diversión, dando como mucho las sobras al Señor.

 

            Segunda tentación. ¿Cuántas cosas de tu persona, de tu vida, de tu familia, del mundo, cambiarías si tuvieras poder para hacerlo? En primer lugar cambiarías cosas de tu físico. Harías desaparecer del mundo el sufrimiento, la enfermedad, la pobreza, etc. ¿Qué demostrarías con ello? Que el Señor hace las cosas mal. Que tú lo harías mejor. A esto tienta el maligno al Señor y también a nosotros, a no aceptar nuestra realidad. A no aceptar nuestra historia.

 

            Finalmente, piensa sinceramente, ¿qué importancia tienen en tu vida las riquezas, el dinero, etc.? Esos son los ídolos a los que con frecuencia pedimos la vida. Confiamos más en ellos, que en el Señor y su Providencia.

DOMINGO IX DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, marzo 10th, 2011

Con el fragmento del evangelio de hoy, termina el Sermón de Monte o de las Bienaventuranzas, que la Iglesia nos ha estado presentando durante las semanas precedentes.

Hoy el Señor nos alerta de dos peligros en los que podemos caer. En primer lugar, nos pone en guardia a todos aquellos que por considerarnos creyentes, cristianos, católicos, podemos dormirnos en los laureles, o dicho de otra manera vivir excesivamente confiados en nuestra salvación. Es un peligro o un pecado, similar al que tenía el Pueblo de Israel. Como sabían que eran hijos de Abraham, pensaban que ya tenían todo resuelto, que tenían su salvación asegurada. Por eso Juan Bautista les dice en una ocasión: «No creáis que basta decir en vuestro interior tenemos por padre a Abraham; porque yo os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham».

Del mismo modo nos habla el Señor Jesús al principio de este evangelio. Oigamos lo que nos dice: «No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo». Quizá nosotros le digamos: Señor, ¿no hemos sido miembros de tu Iglesia, hemos frecuentado los sacramentos, hemos hecho actos de piedad, hemos contribuido a las colectas, no hemos sacrificado… cómo nos dices eso? Entonces, será terrible oír de sus labios: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.

¿Por qué el Señor al final del Sermón del Monte nos habla así? Si lo hace, no es para reprendernos, sino que lo hace porque nos ama. Quiere que no vivamos engañados, para que al final no nos llevemos una desagradable sorpresa. Todo lo que nos ha mostrado en el Sermón, es la voluntad del Padre para nosotros. Voluntad que lleva indefectiblemente a que nuestra vida sea una vida feliz, dentro de las limitaciones normales de nuestra condición humana. Tener a Dios como al primero, perdonar, amar al enemigo, hacer el bien a quien nos odia; prestar sin esperar nada a cambio, no juzgar a nuestro prójimo; no querer arreglar la vida de los demás, cuando la nuestra es poco menos que un desastre… Estas son palabras de vida, camino que conduce a la felicidad y a la paz interior. Esa es la voluntad del Señor para nosotros. Todo lo demás, misas, devociones, sacrificios… todo es bueno, conveniente y necesario, pero no debe practicarse con menoscabo, de lo que verdaderamente importa al Señor.

¿Cómo haremos que todo esto sea posible? Nos lo dice el Señor al final de este Sermón. Jesús, nos invita a construir nuestra casa, nuestra vida, sobre roca. Es decir con cimientos firmes, para que cuando lleguen las dificultades, cuando los problemas nos agobien, cuando en nuestra vida se cierre el cielo y nos encontremos en la noche oscura, nuestra fe, no se debilite. Que no nos asalten las dudas. Que no temamos los acontecimientos negativos. Que nuestra fe, cimentada en Cristo Resucitado, no se tambalee.

Si por el contrario, se nos ocurre construir nuestra vida poniendo como cimientos el dinero, los afectos, la sexualidad, los bienes materiales, la salud, las amistades etc., ocurrirá que cuando en nuestra vida aparezca el sufrimiento, la enfermedad, la incomprensión, la pérdida del trabajo, la crisis económica, etc., nuestra vida y nuestra seguridad, se tambalearán y caeremos en una profunda depresión de la que difícilmente podremos salir.

Esto es lo que con amor, aunque con palabras fuertes al mismo tiempo, nos advierte el Señor. Él es, la roca firme. Con Él, nada debemos temer. Él está cerca de nosotros. Camina a nuestro lado. Está vivo y resucitado. Es Señor de nuestra impotencia y de nuestros pecados. Para nuestra debilidad es la fuerza. Para nuestra ceguera es la luz. Para nuestra muerte de cada día fruto de nuestras infidelidades, Él es la vida. Sería una necedad y a la vez una lástima, que teniendo la solución a los problemas de nuestra vida al alcance de la mano, la rechazáramos.

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, febrero 17th, 2011

Una semana más la Iglesia quiere que tengamos presente el Sermón del Monte. No nos ha de extrañar, porque en él quedan resumidas todas las enseñanzas del Señor Jesús.

 

Como escuchamos en la primera lectura del Eclesiástico de la semana pasada, tenemos ante nosotros fuego y agua, muerte y vida. Nuestra felicidad, nuestra salvación ya en este mundo, dependerá de lo que libremente elijamos. De ahí que, el Señor Jesús, nos vaya mostrando poco a poco cuáles son las obras que llevan a la vida, y cuáles las que nos hunden en el abismo.

 

Hoy, el evangelio, toca el corazón de la ley. Estamos acostumbrados a querer imponer la justicia humana. Creemos que es lógico que aquel que obre el mal, reciba el castigo correspondiente. Esto es lo que indicaba la antigua ley, que para aplicar el castigo, para aplicar la corrección que merecían las malas obras, señalaba como justo el «ojo por ojo y diente por diente». Quizá hoy esta ley nos parezca excesiva, pero no era así. Aquella ley pretendía que el castigo que se aplicara al malhechor estuviera en consonancia con el daño realizado, de manera que no se le castigara en exceso.

 

Hoy el Señor, rompe todos los moldes. En un corazón como el suyo en donde solo cabe el amor, es imposible que no sea ese amor, el móvil que le impulse a obrar a Él, y a todos sus discípulos. El amor y el perdón, son la única respuesta al mal que conoce el Señor Jesús, y por tanto no cabe otra respuesta que puedan dar los que le siguen.

 

Se dijo: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian». No cabe duda que aplicar la justicia humana es necesario para la buena marcha de la sociedad, pero la justicia humana no tiene nada que ver con la justicia divina. Dios nunca castiga al pecador. Lo que sí hace es corregirle y reprenderle cuando la ocasión lo requiere. Lo que muchas veces consideramos castigo, no es obra de Dios, sino solo consecuencia y fruto de nuestros pecados.

 

Esa es la manera de actuar que el Señor quiere para sus discípulos. El amor y el perdón por encima de toda justicia humana. Amando y perdonando, el cristiano se hace semejante a Dios, que no tiene inconveniente en hacer salir su sol, o en hacer derramar la lluvia a las nubes, tanto sobre los buenos como sobre los malos. Ésta es la señal distintiva del cristiano. No se es cristiano por el mucho rezar, por la asistencia a los actos de culto, por la práctica de los sacramentos… Se es cristiano por amar y perdonar de corazón al enemigo, al igual que Cristo desde la Cruz, no solo perdonó, sino que llegó a excusar ante el Padre, la acción de aquellos que le clavaban en el madero.

 

¿Quieres saber hasta dónde alcanza tu cristianismo? Fíjate en tus obras. ¿Perdonas de verdad al que sin razón te ofende, o eres de los que perdonan pero no olvidan? ¡Qué sería de nosotros si el Señor también obrara así! ¿Sabes que los otros conocerán a Dios si tú eres capaz de perdonar como Él perdona? Para obrar así, es para lo que el Señor te ha llamado a su Iglesia.

 

Ya sé, que para nosotros es imposible obrar así. Que no depende de nuestro esfuerzo. Para obrar las obras de Dios, es indispensable poseer su Espíritu. Es ese mismo Espíritu el que actuando en nuestro interior, nos hará poder amar sin condiciones. Pidamos al Señor que nos lo conceda. Invoquemos su Nombre, su poder, ante las dificultades. Unidos a Él, nada nos será imposible.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 

DOMINGO SEXTO DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, febrero 17th, 2011

La doctrina que el Señor Jesús expone en el Sermón del Monte, es el retrato del hombre nuevo. Aquel que engendrado en el Bautismo por obra del Espíritu Santo, es capaz de realizar las obras de Dios.

 

Lo que el Señor nos enseña en esta ocasión, cae dentro de lo políticamenteincorrecto. Actuar de esta manera está por completo en contra de todo lo que el mundo preconiza. Sin embargo, no existe ningún otro camino capaz de hacer que el hombre viva feliz sobre la tierra.

 

Hoy el mundo, la sociedad, nos empuja a preocuparnos en primer lugar de nosotros mismos, lo expresa de una manera tajante cuando dice: «La caridad empieza por uno mismo». Es la justicia que entienden los escribas y fariseos. Sin embargo, el Señor, antepone a toda ofrenda o sacrificio el estar reconciliado con el hermano. Antes de poner nada sobre el altar, es imprescindible que te reconcilies con aquellos que tienen algo contra ti. El Señor deja de lado el que tú tengas o no tengas la razón. Si sabes que tu hermano, tu amigo, tu vecino, el compañero de trabajo, o tu jefe, tienen algo en contra tuya, reconcíliate con ellos. Pídeles primero perdón. Luego cumple tus obligaciones con Dios.

 

Hoy la sociedad quiere elevar a la categoría de axioma la frase: “El cuerpo es tuyo, por tanto, puedes hacer con él lo que quieras”. Significa esto, que todo placer que puedas proporcionarte es lícito. ¿Quién es la Iglesia o la moral, para decirte lo que has de hacer? Por tanto, no te prives de nada. Disfrútalo. ¿Qué daño haces a nadie cuando te acuestas con tu novia, con la vecina, con tu compañera de trabajo o con esa chica tan mona que has conocido en la discoteca?

 

¿Cuál es la actitud del Señor ante esta situación? ¿Qué piensa de todo esto? En la antigua ley, para pecar de fornicación o de adulterio, era necesario consumar el acto sexual con la otra persona. Sin embargo, ahora, el Señor nos dice: «Habéis oído el mandamiento: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior». El Señor, pues, eleva considerablemente el listón. Llega a decir incluso: «Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo».

 

Hoy en el mundo, es incomprensible que la unión entre el hombre y la mujer sea para toda la vida. Es necesario que el vínculo matrimonial se pueda romper. Es necesario que las autoridades legislen en este sentido y den facilidades para abrir paso al divorcio. No es así como piensa el Señor. En la ley de Moisés estaba previsto dar acta de divorcio, en la nueva ley, «el que se divorcia de su mujer, dice el Señor, la induce al adulterio y el que se casa con una divorciada, comete adulterio».

 

¿Viene el Señor a complicarnos más la vida, preguntamos? Si la antigua ley no era posible cumplirla, ¿cómo llevar a cabo lo que hoy nos manda el Señor si es muchísimo más difícil? Ciertamente, es imposible cumplir lo que el Señor nos indica con solo nuestro esfuerzo. Hay algo sin embargo en el inicio del evangelio de hoy, que puede ayudarnos. El Señor dice: «No he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento». Él, ha cumplido en su carne la ley hasta la última jota, y con su espíritu nos la da cumplida. Lo que para nuestro hombre de la carne es imposible, es posible para el hombre del espíritu. Nosotros, unidos al Señor y poseyendo en nuestro interior su Espíritu, somos capaces de dar cumplimiento a aquello que es lo único, que puede hacernos felices en este mundo.

 

DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Jueves, febrero 3rd, 2011

DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO  (Ciclo A)

 

Hoy el Señor Jesús sigue adoctrinando a sus discípulos, y les da a conocer para qué les ha elegido y a qué misión les está llamando.

Hemos dicho muchas veces que es voluntad de Dios que todos los hombres lleguen a conocerlo y que a todos alcance su salvación. Precisamente, para lograr este objetivo, hizo Dios que su Hijo, Dios como él, tomara una naturaleza humana, encarnándose en el seno de María y viviera entre los hombres, para que aquello que para nosotros era imposible, ver el rostro de Dios, pudiéramos contemplarlo sin temor alguno.

  Cristo Jesús, para perpetuar su obra y para que su salvación estuviera durante todas las generaciones al alcance de los hombres, fundó su Iglesia asignándole una misión muy concreta. Sus discípulos, los miembros de esa Iglesia, tenían que ser sal de la tierra y luz para mundo. Así lo vemos hoy en el evangelio de san Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?… Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…»

  ¿Qué se deduce de esto y qué importancia tiene para nuestra vida? Lo primero que vemos es la voluntad de Dios de que todos los hombres se salven, pero no así de que todos formen parte activa de su Iglesia. En segundo lugar, que el Señor Jesús nos llame a ti y a mí para que seamos sal de la tierra y luz para el mundo, que nos haga parte de su Iglesia, pone de manifiesto la importancia que tienen para Él, el resto de los hombres.

  Estamos llamados  a ser, pues, luz y sal, en función del mundo, para que nadie ande en tinieblas, y para que los hombres vuelvan a recuperar el sabor, el sentido de la vida, que perdieron por culpa del pecado. Ser sal y ser luz no es un privilegio. Ser sal y ser luz es un servicio, es una misión que se nos encomienda a los discípulos.

  Es importante considerar, cómo ilumina la luz y cómo sala la sal. Ambos cumplen con su misión, muriendo. Mientras una lámpara, una vela, alumbra una estancia, va consumiéndose poco a poco hasta que muere definitivamente. Cuando un puñado de sal es echada en un guiso para que cada uno de sus componentes recupere su sabor original, lo hace diluyéndose en el líquido, desapareciendo, muriendo. Ni la luz ni la sal exigen honor alguno por haber cumplido su misión. Lo hacen de una manera callada y silenciosa. Así ha de ocurrir con nosotros. Nada de lo que hagamos, ha de ser a cambio de recibir reconocimientos y honores de parte de los hombres.

  Cuando los que nos rodean, que conocen nuestro carácter, nuestros defectos, nuestras manías y pecados, nos vean llevar a cabo acciones del todo imposible para nuestra forma de ser, acciones que superan con mucho nuestra capacidad de aguante, como perdonar al que deliberadamente nos ofende o hace daño, nos roba o difama, o cuando seamos capaces de desprendernos generosamente de nuestro dinero, sabiendo que somos egoístas o avariciosos, etc., no tendrán más remedio que aceptar, que todas esas acciones no son fruto de nuestro esfuerzo, sino que son obra del Señor, que actúa en nuestras vidas. Cuando ocurra esto, dice el Señor: «Los hombres, viendo vuestras buenas obras, glorificarán a vuestro Padre que está en el cielo». Dicho de otro modo: serán salados e iluminados. Nuestras buenas obras harán presente en sus vidas a nuestro Padre del cielo.

 

Domingo XV de tiempo ordinario

Martes, julio 15th, 2008

El evangelio de hoy nos presenta la parábola del Sembrador. El Señor Jesús durante su predicación gustaba con frecuencia, echar mano de escenas y trabajos de la vida ordinaria, para hacer más asequible su enseñanza a las personas sencillas que le escuchaban.

           En algunas ocasiones, como en la presente, lo hacía para que, se cumplieran las palabras del profeta Isaías, “Oiréis pero no entenderéis, miraréis pero no veréis. Porque la mente de este pueblo está embotada, tienen tapados los oídos y los ojos cerrados, para no ver nada con sus ojos ni oír con sus oídos, ni entender con la mente ni convertirse a mí para que yo los cure”.

  El Señor, con esta actitud, hace presente a aquellos que escuchan la Palabra con corazón torcido. Que no están dispuestos a ponerla en práctica. Que acuden a Él de una manera perversa, para que les arregle la vida, pero sin intención de convertirse seriamente. Estos, oyen sin entender y  aunque tienen los ojos abiertos, no son capaces de ver.

  Estas situaciones se dan de una manera clara en la parábola del sembrador. El sembrador arroja la semilla de la Palabra. Para algunos, porque oyen pero no son capaces de escuchar, esta Palabra no produce ningún efecto. En otros, que la reciben con alegría pero que no son capaces de guardarla, germina en una principio,  pero no arraiga. En otros, la Palabra crece a la vez que crecen las preocupaciones de la vida, de manera que no puede llegar a dar fruto, y muere ahogada. Finalmente, otros, reciban la Palabra, la guardan en su corazón y permiten que esta palabra  transforme su vida.

  Si nos fijamos cada  uno en lo que nos sucede, veremos con claridad a qué grupo pertenecemos.

  ¿Oyes la Palabra y no te enteras de nada? ¿Te gusta escucharla pero al poco tiempo se te olvida y no le das más importancia? ¿Vives tan preocupado por los problemas materiales que no tienes tiempo de atender a tu vida de fe? O más bien ¿acoges la Palabra en el corazón y la guardas para que crezca y dé fruto?

  Si eres de estos últimos, alégrate. Hoy el Señor te dice: “Dichoso porque tus ojos ven, y tus oídos oyen”. No desperdicies este don y estate dispuesto cada día, a cumplir la voluntad de Dios

 

 

Domingo XIV de tiempo ordinario -Ciclo A-

Martes, julio 15th, 2008

El Reino de los Cielos no es de los grandes y poderosos. Sólo está al alcance de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de aquellos que se consideran los últimos. En éstos es, en quienes se complace el Señor. Él gusta elegir lo que no vale, para confundir a los sabios y a los que están convencidos de su propio valer.

           Hoy, en el evangelio, vemos que el Señor Jesús da  gracias al Padre precisamente por esto. Él, ha tenido a bien revelar los secretos del Reino, a los pobres, a los sencillos, a los humildes y los que humanamente no valen.

  Yo te preguntaría: ¿En qué lado consideras estar? Eres de los que se creen entendidos, de aquellos a los que la gente respeta y toma en cuenta,  o más bien pasas desapercibido y nadie se preocupa demasiado de  ti? Piénsalo bien, porque lo verdaderamente importante es que el Señor, viendo  que eres poca cosa, que pocos cuentan contigo, te mire con ojos de bondad y se complazca en tu pequeñez. Así lo hizo con María. Miró la humillación de su esclava y la enalteció sobremanera.

  En la segunda parte del evangelio, se manifiesta de una manera meridiana el corazón misericordioso del Señor. Él sabe que, por nuestra condición de pecadores, la vida, con frecuencia, se nos hace excesivamente pesada. Que nos ocurre como a los carros del Faraón cuando pretendían atravesar el Mar Rojo persiguiendo a los israelitas, nuestros pies se hunden en la arena y se nos hace muy difícil avanzar. Tenemos dificultades económicas. Surgen problemas serios en nuestra familia. Nos encontramos frente a enfermedades que nos hacen sufrir, y que a veces  no tienen solución.  Tenemos dificultades en el trabajo. Encontramos problemas en las relaciones con los demás. Nos dominan vicios que no nos atrevemos a confesar. Resumiendo, la vida se nos hace poco menos que insoportable.

  Ante esta situación, el Señor Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas».

  Él sabe que la cruz de cada día, de la que no podemos escapar, se nos hace insoportable, por eso se brinda a ser nuestro Cirineo cargando con ella. Él es, el hombro amigo donde podemos reclinar nuestra cabeza y encontrar reposo. Es el único que puede saciar nuestro corazón y hacer que encontremos sentido a nuestra vida. 

 

Solemnidad de los santos Pedro y Pablo

Martes, julio 15th, 2008

Celebramos hoy la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

           En el libro del profeta Zacarías se habla de la visión del profeta, que ve junto a un candelabro de oro con siete lámparas, figura de la presencia del Señor que escruta la tierra, dos olivos símbolo de los dos ungidos que están en pie delante del Señor.

  Esta figura se repite de nuevo en el libro del Apocalipsis,  haciéndonos presente a los dos testigos que deben mostrar al mundo la verdad y ser sacrificados después.

  La Iglesia ha visto siempre en estos pasajes la presencia de los apóstoles Pedro y Pablo, columnas elegidas por el Señor Jesús para ser testigos de su resurrección, tanto en medio del pueblo judío como entre todos los gentiles.

  Hoy el evangelio nos muestra al Señor sondeando a sus discípulos, al plantearles esta pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Las respuestas son dispares, pero esto no importa demasiado al Señor. Lo que sí le interesa es saber lo que piensan ellos, por eso les dice: Y vosotros ¿Quién decís que soy Yo? Pedro, tomando la palabra, responde: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Grande ha sido el atrevimiento del apóstol, en una sociedad donde no se puede nombrar al Eterno. Por eso Jesús se apresura a responder: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Y prosigue, yo a mi vez te digo: Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno, no la derrotará.

  El otro olivo que está ante la presencia de Dios, es el apóstol Pablo. Él ha sido llamado por el Señor, para llevar la buena noticia de la salvación a todos los gentiles, entre los que nos encontramos nosotros.

  Consuela comprobar, a quiénes ha elegido el Señor para ser el fundamento de su Iglesia. Por una parte a una persona cobarde, que no es capaz de dar la cara por su Maestro, y le niega en momentos difíciles. Por otra parte a un perseguidor acérrimo de los discípulos, que quiere a toda costa acabar con estos herejes. Los dos tienen, sin embargo, una respuesta generosa ante la llamada.

  También a nosotros nos ha elegido el Señor, a pesar de que valemos muy poco, de que le traicionamos cada día. Pero a Él no le importa, por eso también nos pregunta: ¿Quién dices tú que soy yo? Hagamos un momento de silencio. Entremos en nuestro interior y respondamos con sinceridad

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A-

Domingo, junio 22nd, 2008

Durante toda la historia la Iglesia ha sufrido persecución. En la oración sacerdotal de la Última Cena, el Señor, dirigiéndose al Padre  dice:  “Yo les he dado tu Palabra,  y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. 

    No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. 

    Ellos no son del mundo,  como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad”.

  El cristiano, vive en el mundo, pero no es del mundo. Por eso el mundo no lo reconoce como propio. El cristiano hace presente a la sociedad, que aquello que el mundo ofrece, que aquello que muestra como forma de alcanzar la felicidad, es un engaño. Por eso, la sola presencia del cristiano denuncia la mentira en la que vive la sociedad, y esto, el mundo no lo puede tolerar.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús ya nos advierte de las dificultades que, por ser sus discípulos, encontraremos en nuestra vida. Una vez más nos invita a ser sus testigos, testigos de la Verdad, sin temor a la persecución y a los problemas que esto nos pueda acarrear.

Hoy, de un modo especial, cuando vemos a nuestro alrededor que muchos de los que conviven con nosotros lo hacen como si Dios no existiera; que a través de la televisión y del resto de medios de comunicación, e incluso a nivel oficial, se está atacando solapada o abiertamente a la Iglesia, y que con el pretexto de ejercer una mal entendida libertad, se vulneran derechos fundamentales, es necesario proclamar a plena luz y pregonar desde los terrados, la única Verdad:

Sólo en Cristo encuentra el hombre salvación.

Podemos, sin embargo, tener la tentación de no complicarnos la vida. De no meternos en problemas. De vivir nuestra fe de una manera personal, pensando en aquello de “para salvarse no es necesario tanto”, sin darnos cuenta de que con esta actitud, estamos renunciando a la misión que el Señor nos encomendó, como a discípulos suyos.

El Señor nos invita a no tener miedo: El Padre, que se preocupa de los pajarillos, no permitirá que nada malo nos suceda. Recordemos las palabras de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo”.