DOMINGO IX DE TIEMPO ORDINARIO

Con el fragmento del evangelio de hoy, termina el Sermón de Monte o de las Bienaventuranzas, que la Iglesia nos ha estado presentando durante las semanas precedentes.

Hoy el Señor nos alerta de dos peligros en los que podemos caer. En primer lugar, nos pone en guardia a todos aquellos que por considerarnos creyentes, cristianos, católicos, podemos dormirnos en los laureles, o dicho de otra manera vivir excesivamente confiados en nuestra salvación. Es un peligro o un pecado, similar al que tenía el Pueblo de Israel. Como sabían que eran hijos de Abraham, pensaban que ya tenían todo resuelto, que tenían su salvación asegurada. Por eso Juan Bautista les dice en una ocasión: «No creáis que basta decir en vuestro interior tenemos por padre a Abraham; porque yo os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham».

Del mismo modo nos habla el Señor Jesús al principio de este evangelio. Oigamos lo que nos dice: «No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo». Quizá nosotros le digamos: Señor, ¿no hemos sido miembros de tu Iglesia, hemos frecuentado los sacramentos, hemos hecho actos de piedad, hemos contribuido a las colectas, no hemos sacrificado… cómo nos dices eso? Entonces, será terrible oír de sus labios: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.

¿Por qué el Señor al final del Sermón del Monte nos habla así? Si lo hace, no es para reprendernos, sino que lo hace porque nos ama. Quiere que no vivamos engañados, para que al final no nos llevemos una desagradable sorpresa. Todo lo que nos ha mostrado en el Sermón, es la voluntad del Padre para nosotros. Voluntad que lleva indefectiblemente a que nuestra vida sea una vida feliz, dentro de las limitaciones normales de nuestra condición humana. Tener a Dios como al primero, perdonar, amar al enemigo, hacer el bien a quien nos odia; prestar sin esperar nada a cambio, no juzgar a nuestro prójimo; no querer arreglar la vida de los demás, cuando la nuestra es poco menos que un desastre… Estas son palabras de vida, camino que conduce a la felicidad y a la paz interior. Esa es la voluntad del Señor para nosotros. Todo lo demás, misas, devociones, sacrificios… todo es bueno, conveniente y necesario, pero no debe practicarse con menoscabo, de lo que verdaderamente importa al Señor.

¿Cómo haremos que todo esto sea posible? Nos lo dice el Señor al final de este Sermón. Jesús, nos invita a construir nuestra casa, nuestra vida, sobre roca. Es decir con cimientos firmes, para que cuando lleguen las dificultades, cuando los problemas nos agobien, cuando en nuestra vida se cierre el cielo y nos encontremos en la noche oscura, nuestra fe, no se debilite. Que no nos asalten las dudas. Que no temamos los acontecimientos negativos. Que nuestra fe, cimentada en Cristo Resucitado, no se tambalee.

Si por el contrario, se nos ocurre construir nuestra vida poniendo como cimientos el dinero, los afectos, la sexualidad, los bienes materiales, la salud, las amistades etc., ocurrirá que cuando en nuestra vida aparezca el sufrimiento, la enfermedad, la incomprensión, la pérdida del trabajo, la crisis económica, etc., nuestra vida y nuestra seguridad, se tambalearán y caeremos en una profunda depresión de la que difícilmente podremos salir.

Esto es lo que con amor, aunque con palabras fuertes al mismo tiempo, nos advierte el Señor. Él es, la roca firme. Con Él, nada debemos temer. Él está cerca de nosotros. Camina a nuestro lado. Está vivo y resucitado. Es Señor de nuestra impotencia y de nuestros pecados. Para nuestra debilidad es la fuerza. Para nuestra ceguera es la luz. Para nuestra muerte de cada día fruto de nuestras infidelidades, Él es la vida. Sería una necedad y a la vez una lástima, que teniendo la solución a los problemas de nuestra vida al alcance de la mano, la rechazáramos.

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