DOMINGO I DE CUARESMA

Iniciamos con este domingo la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la Pascua del Señor Jesús

 

            El evangelio de san Mateo nos presenta al Señor, inmediatamente después de haber sido bautizado en el Jordán por Juan. Marcha al desierto para prepararse a su misión durante cuarenta días, haciendo presente los cuarenta años que el Pueblo anduvo en el desierto, antes de entrar en la Tierra Prometida. San Mateo nos dice que es llevado al desierto por el Espíritu, con objeto de ser tentado por el diablo.

 

            Observamos que en las tenciones a que se somete el Señor, aparece la expresión, …si eres Hijo de Dios. Esto sin duda se debe, a que es fundamental que quede de manifiesto la filiación divina de Jesús. Contra lo que mucha gente cree, la naturaleza divina del Señor ha estado totalmente eclipsada durante su vida oculta. El Señor, no es una persona humana que tiene conciencia de su categoría de Dios. Él, en el transcurso de los años vividos en Nazaret con María y José, va descubriendo de una manera paulatina su condición de Dios. El momento culminante de este descubrimiento, tiene lugar poco antes del pasaje que contemplamos hoy, cuando al recibir el bautismo de penitencia en el Jordán, es el Padre, el que de una manera inequívoca, proclama que Aquel, es su Hijo amado.

 

            Las tentaciones a que es sometido el Señor, contra lo que nos pudiera parecer, son fundamentales. Son las mismas a las que fue sometido el Pueblo en el desierto y las mismas a las que somos sometidos nosotros. Los israelitas pidieron a Moisés, pan. Querían asegurarse por encima de todo el alimento material. Estaban más pendientes de su seguridad física, que de la obra que el Señor estaba llevando a cabo con ellos. No confiaban en el Señor, querían tener “asegurados los garbanzos”, o de lo contrario se negaban a caminar.

 

            En la segunda tentación, el maligno invita al Señor a salirse de su propia realidad. A no aceptar que es un pobre artesano de una aldea remota de Galilea. Por eso le hace ver que, para que la gente lo reconozca como Mesías, es preciso que realice un milagro llamativo. Es la misma tentación de Israel. No acepta caminar por el desierto. No acepta la realidad en la que lo ha colocado el Señor, por eso, exige milagros.

Finalmente, la tentación de los ídolos. El Pueblo, olvidando las maravillas realizadas por Dios en su favor, se postra ante un ídolo mudo, incapaz de dar la vida y de salvar. El maligno ofrece al Señor las riquezas de todos los pueblos. Le invita a poner su confianza en los ídolos. Le pide que le adore, dejando de lado a Dios.

 

            ¿Eres capaz de ver en estas tres tentaciones tu historia? Vamos a ver: ¿Qué has hecho desde tu juventud? Te has esforzado en los estudios o en el trabajo, para asegurarte un porvenir. Seguro que ha sido más importante esto, que buscar a Dios y confiar en su providencia. De los siete días de la semana, seis los has utilizado buscando tu seguridad. Has querido asegurar tu vida con el trabajo. Durante el séptimo, te has dedicado al esparcimiento y la diversión, dando como mucho las sobras al Señor.

 

            Segunda tentación. ¿Cuántas cosas de tu persona, de tu vida, de tu familia, del mundo, cambiarías si tuvieras poder para hacerlo? En primer lugar cambiarías cosas de tu físico. Harías desaparecer del mundo el sufrimiento, la enfermedad, la pobreza, etc. ¿Qué demostrarías con ello? Que el Señor hace las cosas mal. Que tú lo harías mejor. A esto tienta el maligno al Señor y también a nosotros, a no aceptar nuestra realidad. A no aceptar nuestra historia.

 

            Finalmente, piensa sinceramente, ¿qué importancia tienen en tu vida las riquezas, el dinero, etc.? Esos son los ídolos a los que con frecuencia pedimos la vida. Confiamos más en ellos, que en el Señor y su Providencia.

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