Archive for marzo, 2011

DOMINGO I DE CUARESMA

Jueves, marzo 10th, 2011

Iniciamos con este domingo la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la Pascua del Señor Jesús

 

            El evangelio de san Mateo nos presenta al Señor, inmediatamente después de haber sido bautizado en el Jordán por Juan. Marcha al desierto para prepararse a su misión durante cuarenta días, haciendo presente los cuarenta años que el Pueblo anduvo en el desierto, antes de entrar en la Tierra Prometida. San Mateo nos dice que es llevado al desierto por el Espíritu, con objeto de ser tentado por el diablo.

 

            Observamos que en las tenciones a que se somete el Señor, aparece la expresión, …si eres Hijo de Dios. Esto sin duda se debe, a que es fundamental que quede de manifiesto la filiación divina de Jesús. Contra lo que mucha gente cree, la naturaleza divina del Señor ha estado totalmente eclipsada durante su vida oculta. El Señor, no es una persona humana que tiene conciencia de su categoría de Dios. Él, en el transcurso de los años vividos en Nazaret con María y José, va descubriendo de una manera paulatina su condición de Dios. El momento culminante de este descubrimiento, tiene lugar poco antes del pasaje que contemplamos hoy, cuando al recibir el bautismo de penitencia en el Jordán, es el Padre, el que de una manera inequívoca, proclama que Aquel, es su Hijo amado.

 

            Las tentaciones a que es sometido el Señor, contra lo que nos pudiera parecer, son fundamentales. Son las mismas a las que fue sometido el Pueblo en el desierto y las mismas a las que somos sometidos nosotros. Los israelitas pidieron a Moisés, pan. Querían asegurarse por encima de todo el alimento material. Estaban más pendientes de su seguridad física, que de la obra que el Señor estaba llevando a cabo con ellos. No confiaban en el Señor, querían tener “asegurados los garbanzos”, o de lo contrario se negaban a caminar.

 

            En la segunda tentación, el maligno invita al Señor a salirse de su propia realidad. A no aceptar que es un pobre artesano de una aldea remota de Galilea. Por eso le hace ver que, para que la gente lo reconozca como Mesías, es preciso que realice un milagro llamativo. Es la misma tentación de Israel. No acepta caminar por el desierto. No acepta la realidad en la que lo ha colocado el Señor, por eso, exige milagros.

Finalmente, la tentación de los ídolos. El Pueblo, olvidando las maravillas realizadas por Dios en su favor, se postra ante un ídolo mudo, incapaz de dar la vida y de salvar. El maligno ofrece al Señor las riquezas de todos los pueblos. Le invita a poner su confianza en los ídolos. Le pide que le adore, dejando de lado a Dios.

 

            ¿Eres capaz de ver en estas tres tentaciones tu historia? Vamos a ver: ¿Qué has hecho desde tu juventud? Te has esforzado en los estudios o en el trabajo, para asegurarte un porvenir. Seguro que ha sido más importante esto, que buscar a Dios y confiar en su providencia. De los siete días de la semana, seis los has utilizado buscando tu seguridad. Has querido asegurar tu vida con el trabajo. Durante el séptimo, te has dedicado al esparcimiento y la diversión, dando como mucho las sobras al Señor.

 

            Segunda tentación. ¿Cuántas cosas de tu persona, de tu vida, de tu familia, del mundo, cambiarías si tuvieras poder para hacerlo? En primer lugar cambiarías cosas de tu físico. Harías desaparecer del mundo el sufrimiento, la enfermedad, la pobreza, etc. ¿Qué demostrarías con ello? Que el Señor hace las cosas mal. Que tú lo harías mejor. A esto tienta el maligno al Señor y también a nosotros, a no aceptar nuestra realidad. A no aceptar nuestra historia.

 

            Finalmente, piensa sinceramente, ¿qué importancia tienen en tu vida las riquezas, el dinero, etc.? Esos son los ídolos a los que con frecuencia pedimos la vida. Confiamos más en ellos, que en el Señor y su Providencia.

DOMINGO IX DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, marzo 10th, 2011

Con el fragmento del evangelio de hoy, termina el Sermón de Monte o de las Bienaventuranzas, que la Iglesia nos ha estado presentando durante las semanas precedentes.

Hoy el Señor nos alerta de dos peligros en los que podemos caer. En primer lugar, nos pone en guardia a todos aquellos que por considerarnos creyentes, cristianos, católicos, podemos dormirnos en los laureles, o dicho de otra manera vivir excesivamente confiados en nuestra salvación. Es un peligro o un pecado, similar al que tenía el Pueblo de Israel. Como sabían que eran hijos de Abraham, pensaban que ya tenían todo resuelto, que tenían su salvación asegurada. Por eso Juan Bautista les dice en una ocasión: «No creáis que basta decir en vuestro interior tenemos por padre a Abraham; porque yo os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham».

Del mismo modo nos habla el Señor Jesús al principio de este evangelio. Oigamos lo que nos dice: «No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo». Quizá nosotros le digamos: Señor, ¿no hemos sido miembros de tu Iglesia, hemos frecuentado los sacramentos, hemos hecho actos de piedad, hemos contribuido a las colectas, no hemos sacrificado… cómo nos dices eso? Entonces, será terrible oír de sus labios: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.

¿Por qué el Señor al final del Sermón del Monte nos habla así? Si lo hace, no es para reprendernos, sino que lo hace porque nos ama. Quiere que no vivamos engañados, para que al final no nos llevemos una desagradable sorpresa. Todo lo que nos ha mostrado en el Sermón, es la voluntad del Padre para nosotros. Voluntad que lleva indefectiblemente a que nuestra vida sea una vida feliz, dentro de las limitaciones normales de nuestra condición humana. Tener a Dios como al primero, perdonar, amar al enemigo, hacer el bien a quien nos odia; prestar sin esperar nada a cambio, no juzgar a nuestro prójimo; no querer arreglar la vida de los demás, cuando la nuestra es poco menos que un desastre… Estas son palabras de vida, camino que conduce a la felicidad y a la paz interior. Esa es la voluntad del Señor para nosotros. Todo lo demás, misas, devociones, sacrificios… todo es bueno, conveniente y necesario, pero no debe practicarse con menoscabo, de lo que verdaderamente importa al Señor.

¿Cómo haremos que todo esto sea posible? Nos lo dice el Señor al final de este Sermón. Jesús, nos invita a construir nuestra casa, nuestra vida, sobre roca. Es decir con cimientos firmes, para que cuando lleguen las dificultades, cuando los problemas nos agobien, cuando en nuestra vida se cierre el cielo y nos encontremos en la noche oscura, nuestra fe, no se debilite. Que no nos asalten las dudas. Que no temamos los acontecimientos negativos. Que nuestra fe, cimentada en Cristo Resucitado, no se tambalee.

Si por el contrario, se nos ocurre construir nuestra vida poniendo como cimientos el dinero, los afectos, la sexualidad, los bienes materiales, la salud, las amistades etc., ocurrirá que cuando en nuestra vida aparezca el sufrimiento, la enfermedad, la incomprensión, la pérdida del trabajo, la crisis económica, etc., nuestra vida y nuestra seguridad, se tambalearán y caeremos en una profunda depresión de la que difícilmente podremos salir.

Esto es lo que con amor, aunque con palabras fuertes al mismo tiempo, nos advierte el Señor. Él es, la roca firme. Con Él, nada debemos temer. Él está cerca de nosotros. Camina a nuestro lado. Está vivo y resucitado. Es Señor de nuestra impotencia y de nuestros pecados. Para nuestra debilidad es la fuerza. Para nuestra ceguera es la luz. Para nuestra muerte de cada día fruto de nuestras infidelidades, Él es la vida. Sería una necedad y a la vez una lástima, que teniendo la solución a los problemas de nuestra vida al alcance de la mano, la rechazáramos.