DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO

Una semana más la Iglesia quiere que tengamos presente el Sermón del Monte. No nos ha de extrañar, porque en él quedan resumidas todas las enseñanzas del Señor Jesús.

 

Como escuchamos en la primera lectura del Eclesiástico de la semana pasada, tenemos ante nosotros fuego y agua, muerte y vida. Nuestra felicidad, nuestra salvación ya en este mundo, dependerá de lo que libremente elijamos. De ahí que, el Señor Jesús, nos vaya mostrando poco a poco cuáles son las obras que llevan a la vida, y cuáles las que nos hunden en el abismo.

 

Hoy, el evangelio, toca el corazón de la ley. Estamos acostumbrados a querer imponer la justicia humana. Creemos que es lógico que aquel que obre el mal, reciba el castigo correspondiente. Esto es lo que indicaba la antigua ley, que para aplicar el castigo, para aplicar la corrección que merecían las malas obras, señalaba como justo el «ojo por ojo y diente por diente». Quizá hoy esta ley nos parezca excesiva, pero no era así. Aquella ley pretendía que el castigo que se aplicara al malhechor estuviera en consonancia con el daño realizado, de manera que no se le castigara en exceso.

 

Hoy el Señor, rompe todos los moldes. En un corazón como el suyo en donde solo cabe el amor, es imposible que no sea ese amor, el móvil que le impulse a obrar a Él, y a todos sus discípulos. El amor y el perdón, son la única respuesta al mal que conoce el Señor Jesús, y por tanto no cabe otra respuesta que puedan dar los que le siguen.

 

Se dijo: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian». No cabe duda que aplicar la justicia humana es necesario para la buena marcha de la sociedad, pero la justicia humana no tiene nada que ver con la justicia divina. Dios nunca castiga al pecador. Lo que sí hace es corregirle y reprenderle cuando la ocasión lo requiere. Lo que muchas veces consideramos castigo, no es obra de Dios, sino solo consecuencia y fruto de nuestros pecados.

 

Esa es la manera de actuar que el Señor quiere para sus discípulos. El amor y el perdón por encima de toda justicia humana. Amando y perdonando, el cristiano se hace semejante a Dios, que no tiene inconveniente en hacer salir su sol, o en hacer derramar la lluvia a las nubes, tanto sobre los buenos como sobre los malos. Ésta es la señal distintiva del cristiano. No se es cristiano por el mucho rezar, por la asistencia a los actos de culto, por la práctica de los sacramentos… Se es cristiano por amar y perdonar de corazón al enemigo, al igual que Cristo desde la Cruz, no solo perdonó, sino que llegó a excusar ante el Padre, la acción de aquellos que le clavaban en el madero.

 

¿Quieres saber hasta dónde alcanza tu cristianismo? Fíjate en tus obras. ¿Perdonas de verdad al que sin razón te ofende, o eres de los que perdonan pero no olvidan? ¡Qué sería de nosotros si el Señor también obrara así! ¿Sabes que los otros conocerán a Dios si tú eres capaz de perdonar como Él perdona? Para obrar así, es para lo que el Señor te ha llamado a su Iglesia.

 

Ya sé, que para nosotros es imposible obrar así. Que no depende de nuestro esfuerzo. Para obrar las obras de Dios, es indispensable poseer su Espíritu. Es ese mismo Espíritu el que actuando en nuestro interior, nos hará poder amar sin condiciones. Pidamos al Señor que nos lo conceda. Invoquemos su Nombre, su poder, ante las dificultades. Unidos a Él, nada nos será imposible.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 

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