DOMINGO SEXTO DE TIEMPO ORDINARIO

La doctrina que el Señor Jesús expone en el Sermón del Monte, es el retrato del hombre nuevo. Aquel que engendrado en el Bautismo por obra del Espíritu Santo, es capaz de realizar las obras de Dios.

 

Lo que el Señor nos enseña en esta ocasión, cae dentro de lo políticamenteincorrecto. Actuar de esta manera está por completo en contra de todo lo que el mundo preconiza. Sin embargo, no existe ningún otro camino capaz de hacer que el hombre viva feliz sobre la tierra.

 

Hoy el mundo, la sociedad, nos empuja a preocuparnos en primer lugar de nosotros mismos, lo expresa de una manera tajante cuando dice: «La caridad empieza por uno mismo». Es la justicia que entienden los escribas y fariseos. Sin embargo, el Señor, antepone a toda ofrenda o sacrificio el estar reconciliado con el hermano. Antes de poner nada sobre el altar, es imprescindible que te reconcilies con aquellos que tienen algo contra ti. El Señor deja de lado el que tú tengas o no tengas la razón. Si sabes que tu hermano, tu amigo, tu vecino, el compañero de trabajo, o tu jefe, tienen algo en contra tuya, reconcíliate con ellos. Pídeles primero perdón. Luego cumple tus obligaciones con Dios.

 

Hoy la sociedad quiere elevar a la categoría de axioma la frase: “El cuerpo es tuyo, por tanto, puedes hacer con él lo que quieras”. Significa esto, que todo placer que puedas proporcionarte es lícito. ¿Quién es la Iglesia o la moral, para decirte lo que has de hacer? Por tanto, no te prives de nada. Disfrútalo. ¿Qué daño haces a nadie cuando te acuestas con tu novia, con la vecina, con tu compañera de trabajo o con esa chica tan mona que has conocido en la discoteca?

 

¿Cuál es la actitud del Señor ante esta situación? ¿Qué piensa de todo esto? En la antigua ley, para pecar de fornicación o de adulterio, era necesario consumar el acto sexual con la otra persona. Sin embargo, ahora, el Señor nos dice: «Habéis oído el mandamiento: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior». El Señor, pues, eleva considerablemente el listón. Llega a decir incluso: «Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo».

 

Hoy en el mundo, es incomprensible que la unión entre el hombre y la mujer sea para toda la vida. Es necesario que el vínculo matrimonial se pueda romper. Es necesario que las autoridades legislen en este sentido y den facilidades para abrir paso al divorcio. No es así como piensa el Señor. En la ley de Moisés estaba previsto dar acta de divorcio, en la nueva ley, «el que se divorcia de su mujer, dice el Señor, la induce al adulterio y el que se casa con una divorciada, comete adulterio».

 

¿Viene el Señor a complicarnos más la vida, preguntamos? Si la antigua ley no era posible cumplirla, ¿cómo llevar a cabo lo que hoy nos manda el Señor si es muchísimo más difícil? Ciertamente, es imposible cumplir lo que el Señor nos indica con solo nuestro esfuerzo. Hay algo sin embargo en el inicio del evangelio de hoy, que puede ayudarnos. El Señor dice: «No he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento». Él, ha cumplido en su carne la ley hasta la última jota, y con su espíritu nos la da cumplida. Lo que para nuestro hombre de la carne es imposible, es posible para el hombre del espíritu. Nosotros, unidos al Señor y poseyendo en nuestro interior su Espíritu, somos capaces de dar cumplimiento a aquello que es lo único, que puede hacernos felices en este mundo.

 

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