DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO  (Ciclo A)

 

Hoy el Señor Jesús sigue adoctrinando a sus discípulos, y les da a conocer para qué les ha elegido y a qué misión les está llamando.

Hemos dicho muchas veces que es voluntad de Dios que todos los hombres lleguen a conocerlo y que a todos alcance su salvación. Precisamente, para lograr este objetivo, hizo Dios que su Hijo, Dios como él, tomara una naturaleza humana, encarnándose en el seno de María y viviera entre los hombres, para que aquello que para nosotros era imposible, ver el rostro de Dios, pudiéramos contemplarlo sin temor alguno.

  Cristo Jesús, para perpetuar su obra y para que su salvación estuviera durante todas las generaciones al alcance de los hombres, fundó su Iglesia asignándole una misión muy concreta. Sus discípulos, los miembros de esa Iglesia, tenían que ser sal de la tierra y luz para mundo. Así lo vemos hoy en el evangelio de san Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?… Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…»

  ¿Qué se deduce de esto y qué importancia tiene para nuestra vida? Lo primero que vemos es la voluntad de Dios de que todos los hombres se salven, pero no así de que todos formen parte activa de su Iglesia. En segundo lugar, que el Señor Jesús nos llame a ti y a mí para que seamos sal de la tierra y luz para el mundo, que nos haga parte de su Iglesia, pone de manifiesto la importancia que tienen para Él, el resto de los hombres.

  Estamos llamados  a ser, pues, luz y sal, en función del mundo, para que nadie ande en tinieblas, y para que los hombres vuelvan a recuperar el sabor, el sentido de la vida, que perdieron por culpa del pecado. Ser sal y ser luz no es un privilegio. Ser sal y ser luz es un servicio, es una misión que se nos encomienda a los discípulos.

  Es importante considerar, cómo ilumina la luz y cómo sala la sal. Ambos cumplen con su misión, muriendo. Mientras una lámpara, una vela, alumbra una estancia, va consumiéndose poco a poco hasta que muere definitivamente. Cuando un puñado de sal es echada en un guiso para que cada uno de sus componentes recupere su sabor original, lo hace diluyéndose en el líquido, desapareciendo, muriendo. Ni la luz ni la sal exigen honor alguno por haber cumplido su misión. Lo hacen de una manera callada y silenciosa. Así ha de ocurrir con nosotros. Nada de lo que hagamos, ha de ser a cambio de recibir reconocimientos y honores de parte de los hombres.

  Cuando los que nos rodean, que conocen nuestro carácter, nuestros defectos, nuestras manías y pecados, nos vean llevar a cabo acciones del todo imposible para nuestra forma de ser, acciones que superan con mucho nuestra capacidad de aguante, como perdonar al que deliberadamente nos ofende o hace daño, nos roba o difama, o cuando seamos capaces de desprendernos generosamente de nuestro dinero, sabiendo que somos egoístas o avariciosos, etc., no tendrán más remedio que aceptar, que todas esas acciones no son fruto de nuestro esfuerzo, sino que son obra del Señor, que actúa en nuestras vidas. Cuando ocurra esto, dice el Señor: «Los hombres, viendo vuestras buenas obras, glorificarán a vuestro Padre que está en el cielo». Dicho de otro modo: serán salados e iluminados. Nuestras buenas obras harán presente en sus vidas a nuestro Padre del cielo.

 

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