Archive for febrero, 2011

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, febrero 17th, 2011

Una semana más la Iglesia quiere que tengamos presente el Sermón del Monte. No nos ha de extrañar, porque en él quedan resumidas todas las enseñanzas del Señor Jesús.

 

Como escuchamos en la primera lectura del Eclesiástico de la semana pasada, tenemos ante nosotros fuego y agua, muerte y vida. Nuestra felicidad, nuestra salvación ya en este mundo, dependerá de lo que libremente elijamos. De ahí que, el Señor Jesús, nos vaya mostrando poco a poco cuáles son las obras que llevan a la vida, y cuáles las que nos hunden en el abismo.

 

Hoy, el evangelio, toca el corazón de la ley. Estamos acostumbrados a querer imponer la justicia humana. Creemos que es lógico que aquel que obre el mal, reciba el castigo correspondiente. Esto es lo que indicaba la antigua ley, que para aplicar el castigo, para aplicar la corrección que merecían las malas obras, señalaba como justo el «ojo por ojo y diente por diente». Quizá hoy esta ley nos parezca excesiva, pero no era así. Aquella ley pretendía que el castigo que se aplicara al malhechor estuviera en consonancia con el daño realizado, de manera que no se le castigara en exceso.

 

Hoy el Señor, rompe todos los moldes. En un corazón como el suyo en donde solo cabe el amor, es imposible que no sea ese amor, el móvil que le impulse a obrar a Él, y a todos sus discípulos. El amor y el perdón, son la única respuesta al mal que conoce el Señor Jesús, y por tanto no cabe otra respuesta que puedan dar los que le siguen.

 

Se dijo: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian». No cabe duda que aplicar la justicia humana es necesario para la buena marcha de la sociedad, pero la justicia humana no tiene nada que ver con la justicia divina. Dios nunca castiga al pecador. Lo que sí hace es corregirle y reprenderle cuando la ocasión lo requiere. Lo que muchas veces consideramos castigo, no es obra de Dios, sino solo consecuencia y fruto de nuestros pecados.

 

Esa es la manera de actuar que el Señor quiere para sus discípulos. El amor y el perdón por encima de toda justicia humana. Amando y perdonando, el cristiano se hace semejante a Dios, que no tiene inconveniente en hacer salir su sol, o en hacer derramar la lluvia a las nubes, tanto sobre los buenos como sobre los malos. Ésta es la señal distintiva del cristiano. No se es cristiano por el mucho rezar, por la asistencia a los actos de culto, por la práctica de los sacramentos… Se es cristiano por amar y perdonar de corazón al enemigo, al igual que Cristo desde la Cruz, no solo perdonó, sino que llegó a excusar ante el Padre, la acción de aquellos que le clavaban en el madero.

 

¿Quieres saber hasta dónde alcanza tu cristianismo? Fíjate en tus obras. ¿Perdonas de verdad al que sin razón te ofende, o eres de los que perdonan pero no olvidan? ¡Qué sería de nosotros si el Señor también obrara así! ¿Sabes que los otros conocerán a Dios si tú eres capaz de perdonar como Él perdona? Para obrar así, es para lo que el Señor te ha llamado a su Iglesia.

 

Ya sé, que para nosotros es imposible obrar así. Que no depende de nuestro esfuerzo. Para obrar las obras de Dios, es indispensable poseer su Espíritu. Es ese mismo Espíritu el que actuando en nuestro interior, nos hará poder amar sin condiciones. Pidamos al Señor que nos lo conceda. Invoquemos su Nombre, su poder, ante las dificultades. Unidos a Él, nada nos será imposible.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 

DOMINGO SEXTO DE TIEMPO ORDINARIO

Jueves, febrero 17th, 2011

La doctrina que el Señor Jesús expone en el Sermón del Monte, es el retrato del hombre nuevo. Aquel que engendrado en el Bautismo por obra del Espíritu Santo, es capaz de realizar las obras de Dios.

 

Lo que el Señor nos enseña en esta ocasión, cae dentro de lo políticamenteincorrecto. Actuar de esta manera está por completo en contra de todo lo que el mundo preconiza. Sin embargo, no existe ningún otro camino capaz de hacer que el hombre viva feliz sobre la tierra.

 

Hoy el mundo, la sociedad, nos empuja a preocuparnos en primer lugar de nosotros mismos, lo expresa de una manera tajante cuando dice: «La caridad empieza por uno mismo». Es la justicia que entienden los escribas y fariseos. Sin embargo, el Señor, antepone a toda ofrenda o sacrificio el estar reconciliado con el hermano. Antes de poner nada sobre el altar, es imprescindible que te reconcilies con aquellos que tienen algo contra ti. El Señor deja de lado el que tú tengas o no tengas la razón. Si sabes que tu hermano, tu amigo, tu vecino, el compañero de trabajo, o tu jefe, tienen algo en contra tuya, reconcíliate con ellos. Pídeles primero perdón. Luego cumple tus obligaciones con Dios.

 

Hoy la sociedad quiere elevar a la categoría de axioma la frase: “El cuerpo es tuyo, por tanto, puedes hacer con él lo que quieras”. Significa esto, que todo placer que puedas proporcionarte es lícito. ¿Quién es la Iglesia o la moral, para decirte lo que has de hacer? Por tanto, no te prives de nada. Disfrútalo. ¿Qué daño haces a nadie cuando te acuestas con tu novia, con la vecina, con tu compañera de trabajo o con esa chica tan mona que has conocido en la discoteca?

 

¿Cuál es la actitud del Señor ante esta situación? ¿Qué piensa de todo esto? En la antigua ley, para pecar de fornicación o de adulterio, era necesario consumar el acto sexual con la otra persona. Sin embargo, ahora, el Señor nos dice: «Habéis oído el mandamiento: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior». El Señor, pues, eleva considerablemente el listón. Llega a decir incluso: «Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo».

 

Hoy en el mundo, es incomprensible que la unión entre el hombre y la mujer sea para toda la vida. Es necesario que el vínculo matrimonial se pueda romper. Es necesario que las autoridades legislen en este sentido y den facilidades para abrir paso al divorcio. No es así como piensa el Señor. En la ley de Moisés estaba previsto dar acta de divorcio, en la nueva ley, «el que se divorcia de su mujer, dice el Señor, la induce al adulterio y el que se casa con una divorciada, comete adulterio».

 

¿Viene el Señor a complicarnos más la vida, preguntamos? Si la antigua ley no era posible cumplirla, ¿cómo llevar a cabo lo que hoy nos manda el Señor si es muchísimo más difícil? Ciertamente, es imposible cumplir lo que el Señor nos indica con solo nuestro esfuerzo. Hay algo sin embargo en el inicio del evangelio de hoy, que puede ayudarnos. El Señor dice: «No he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento». Él, ha cumplido en su carne la ley hasta la última jota, y con su espíritu nos la da cumplida. Lo que para nuestro hombre de la carne es imposible, es posible para el hombre del espíritu. Nosotros, unidos al Señor y poseyendo en nuestro interior su Espíritu, somos capaces de dar cumplimiento a aquello que es lo único, que puede hacernos felices en este mundo.

 

DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Jueves, febrero 3rd, 2011

DOMINGO QUINTO DE TIEMPO ORDINARIO  (Ciclo A)

 

Hoy el Señor Jesús sigue adoctrinando a sus discípulos, y les da a conocer para qué les ha elegido y a qué misión les está llamando.

Hemos dicho muchas veces que es voluntad de Dios que todos los hombres lleguen a conocerlo y que a todos alcance su salvación. Precisamente, para lograr este objetivo, hizo Dios que su Hijo, Dios como él, tomara una naturaleza humana, encarnándose en el seno de María y viviera entre los hombres, para que aquello que para nosotros era imposible, ver el rostro de Dios, pudiéramos contemplarlo sin temor alguno.

  Cristo Jesús, para perpetuar su obra y para que su salvación estuviera durante todas las generaciones al alcance de los hombres, fundó su Iglesia asignándole una misión muy concreta. Sus discípulos, los miembros de esa Iglesia, tenían que ser sal de la tierra y luz para mundo. Así lo vemos hoy en el evangelio de san Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?… Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…»

  ¿Qué se deduce de esto y qué importancia tiene para nuestra vida? Lo primero que vemos es la voluntad de Dios de que todos los hombres se salven, pero no así de que todos formen parte activa de su Iglesia. En segundo lugar, que el Señor Jesús nos llame a ti y a mí para que seamos sal de la tierra y luz para el mundo, que nos haga parte de su Iglesia, pone de manifiesto la importancia que tienen para Él, el resto de los hombres.

  Estamos llamados  a ser, pues, luz y sal, en función del mundo, para que nadie ande en tinieblas, y para que los hombres vuelvan a recuperar el sabor, el sentido de la vida, que perdieron por culpa del pecado. Ser sal y ser luz no es un privilegio. Ser sal y ser luz es un servicio, es una misión que se nos encomienda a los discípulos.

  Es importante considerar, cómo ilumina la luz y cómo sala la sal. Ambos cumplen con su misión, muriendo. Mientras una lámpara, una vela, alumbra una estancia, va consumiéndose poco a poco hasta que muere definitivamente. Cuando un puñado de sal es echada en un guiso para que cada uno de sus componentes recupere su sabor original, lo hace diluyéndose en el líquido, desapareciendo, muriendo. Ni la luz ni la sal exigen honor alguno por haber cumplido su misión. Lo hacen de una manera callada y silenciosa. Así ha de ocurrir con nosotros. Nada de lo que hagamos, ha de ser a cambio de recibir reconocimientos y honores de parte de los hombres.

  Cuando los que nos rodean, que conocen nuestro carácter, nuestros defectos, nuestras manías y pecados, nos vean llevar a cabo acciones del todo imposible para nuestra forma de ser, acciones que superan con mucho nuestra capacidad de aguante, como perdonar al que deliberadamente nos ofende o hace daño, nos roba o difama, o cuando seamos capaces de desprendernos generosamente de nuestro dinero, sabiendo que somos egoístas o avariciosos, etc., no tendrán más remedio que aceptar, que todas esas acciones no son fruto de nuestro esfuerzo, sino que son obra del Señor, que actúa en nuestras vidas. Cuando ocurra esto, dice el Señor: «Los hombres, viendo vuestras buenas obras, glorificarán a vuestro Padre que está en el cielo». Dicho de otro modo: serán salados e iluminados. Nuestras buenas obras harán presente en sus vidas a nuestro Padre del cielo.