Domingo XV de tiempo ordinario

El evangelio de hoy nos presenta la parábola del Sembrador. El Señor Jesús durante su predicación gustaba con frecuencia, echar mano de escenas y trabajos de la vida ordinaria, para hacer más asequible su enseñanza a las personas sencillas que le escuchaban.

           En algunas ocasiones, como en la presente, lo hacía para que, se cumplieran las palabras del profeta Isaías, “Oiréis pero no entenderéis, miraréis pero no veréis. Porque la mente de este pueblo está embotada, tienen tapados los oídos y los ojos cerrados, para no ver nada con sus ojos ni oír con sus oídos, ni entender con la mente ni convertirse a mí para que yo los cure”.

  El Señor, con esta actitud, hace presente a aquellos que escuchan la Palabra con corazón torcido. Que no están dispuestos a ponerla en práctica. Que acuden a Él de una manera perversa, para que les arregle la vida, pero sin intención de convertirse seriamente. Estos, oyen sin entender y  aunque tienen los ojos abiertos, no son capaces de ver.

  Estas situaciones se dan de una manera clara en la parábola del sembrador. El sembrador arroja la semilla de la Palabra. Para algunos, porque oyen pero no son capaces de escuchar, esta Palabra no produce ningún efecto. En otros, que la reciben con alegría pero que no son capaces de guardarla, germina en una principio,  pero no arraiga. En otros, la Palabra crece a la vez que crecen las preocupaciones de la vida, de manera que no puede llegar a dar fruto, y muere ahogada. Finalmente, otros, reciban la Palabra, la guardan en su corazón y permiten que esta palabra  transforme su vida.

  Si nos fijamos cada  uno en lo que nos sucede, veremos con claridad a qué grupo pertenecemos.

  ¿Oyes la Palabra y no te enteras de nada? ¿Te gusta escucharla pero al poco tiempo se te olvida y no le das más importancia? ¿Vives tan preocupado por los problemas materiales que no tienes tiempo de atender a tu vida de fe? O más bien ¿acoges la Palabra en el corazón y la guardas para que crezca y dé fruto?

  Si eres de estos últimos, alégrate. Hoy el Señor te dice: “Dichoso porque tus ojos ven, y tus oídos oyen”. No desperdicies este don y estate dispuesto cada día, a cumplir la voluntad de Dios

 

 

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