Domingo XIV de tiempo ordinario -Ciclo A-

El Reino de los Cielos no es de los grandes y poderosos. Sólo está al alcance de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de aquellos que se consideran los últimos. En éstos es, en quienes se complace el Señor. Él gusta elegir lo que no vale, para confundir a los sabios y a los que están convencidos de su propio valer.

           Hoy, en el evangelio, vemos que el Señor Jesús da  gracias al Padre precisamente por esto. Él, ha tenido a bien revelar los secretos del Reino, a los pobres, a los sencillos, a los humildes y los que humanamente no valen.

  Yo te preguntaría: ¿En qué lado consideras estar? Eres de los que se creen entendidos, de aquellos a los que la gente respeta y toma en cuenta,  o más bien pasas desapercibido y nadie se preocupa demasiado de  ti? Piénsalo bien, porque lo verdaderamente importante es que el Señor, viendo  que eres poca cosa, que pocos cuentan contigo, te mire con ojos de bondad y se complazca en tu pequeñez. Así lo hizo con María. Miró la humillación de su esclava y la enalteció sobremanera.

  En la segunda parte del evangelio, se manifiesta de una manera meridiana el corazón misericordioso del Señor. Él sabe que, por nuestra condición de pecadores, la vida, con frecuencia, se nos hace excesivamente pesada. Que nos ocurre como a los carros del Faraón cuando pretendían atravesar el Mar Rojo persiguiendo a los israelitas, nuestros pies se hunden en la arena y se nos hace muy difícil avanzar. Tenemos dificultades económicas. Surgen problemas serios en nuestra familia. Nos encontramos frente a enfermedades que nos hacen sufrir, y que a veces  no tienen solución.  Tenemos dificultades en el trabajo. Encontramos problemas en las relaciones con los demás. Nos dominan vicios que no nos atrevemos a confesar. Resumiendo, la vida se nos hace poco menos que insoportable.

  Ante esta situación, el Señor Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas».

  Él sabe que la cruz de cada día, de la que no podemos escapar, se nos hace insoportable, por eso se brinda a ser nuestro Cirineo cargando con ella. Él es, el hombro amigo donde podemos reclinar nuestra cabeza y encontrar reposo. Es el único que puede saciar nuestro corazón y hacer que encontremos sentido a nuestra vida. 

 

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