DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A-

Durante toda la historia la Iglesia ha sufrido persecución. En la oración sacerdotal de la Última Cena, el Señor, dirigiéndose al Padre  dice:  “Yo les he dado tu Palabra,  y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. 

    No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. 

    Ellos no son del mundo,  como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad”.

  El cristiano, vive en el mundo, pero no es del mundo. Por eso el mundo no lo reconoce como propio. El cristiano hace presente a la sociedad, que aquello que el mundo ofrece, que aquello que muestra como forma de alcanzar la felicidad, es un engaño. Por eso, la sola presencia del cristiano denuncia la mentira en la que vive la sociedad, y esto, el mundo no lo puede tolerar.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús ya nos advierte de las dificultades que, por ser sus discípulos, encontraremos en nuestra vida. Una vez más nos invita a ser sus testigos, testigos de la Verdad, sin temor a la persecución y a los problemas que esto nos pueda acarrear.

Hoy, de un modo especial, cuando vemos a nuestro alrededor que muchos de los que conviven con nosotros lo hacen como si Dios no existiera; que a través de la televisión y del resto de medios de comunicación, e incluso a nivel oficial, se está atacando solapada o abiertamente a la Iglesia, y que con el pretexto de ejercer una mal entendida libertad, se vulneran derechos fundamentales, es necesario proclamar a plena luz y pregonar desde los terrados, la única Verdad:

Sólo en Cristo encuentra el hombre salvación.

Podemos, sin embargo, tener la tentación de no complicarnos la vida. De no meternos en problemas. De vivir nuestra fe de una manera personal, pensando en aquello de “para salvarse no es necesario tanto”, sin darnos cuenta de que con esta actitud, estamos renunciando a la misión que el Señor nos encomendó, como a discípulos suyos.

El Señor nos invita a no tener miedo: El Padre, que se preocupa de los pajarillos, no permitirá que nada malo nos suceda. Recordemos las palabras de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo”.

 

 

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