Hoja Parroquial Domingo XI de Tiempo ordinario -Ciclo A-

El evangelio de hoy nos descubre en primer lugar, lo que hay en el corazón del Señor. Dice así: Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”.

El Señor Jesús, ha venido al mundo, nos dice Isaías, a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad. Hoy, viendo a las gentes que le siguen, que andan extenuadas, abandonadas, como ovejas que no tienen pastor, nace de su corazón la misericordia y ve la necesidad de cuidarlas, de atenderlas. Pero la labor es ingente, supera con mucho a sus propias fuerzas, por eso encomienda a sus Apóstoles la misión diciéndoles: “La mies es grande, pero los trabajadores son pocos.”

El trabajo principal que encomienda a sus discípulos, es anunciar que el reino de los cielos está cerca. Que aquel que es capaz de curar los corazones rotos, aquel que ha venido a consolar a los tristes y a los que sufren, aquel que es capaz de dar sentido a la vida, está cerca. Esa, la gran noticia. El Mesías, el Salvador, ha llegado.

La palabra del Evangelio es siempre actual. Lo fue hace dos mil años, y lo es ahora. Por eso, también ahora, es palabra de liberación y vida.

¿Cuáles son las circunstancias que vive el hombre de hoy, para que esta palabra sea actual?

Hoy, al igual que hizo entonces, el Señor Jesús nos invita a mirar a los hombres de nuestra generación. No importa que hayan pasado veinte siglos. Hoy, como entonces, el hombre busca con afán la felicidad. Busca encontrar sentido a la vida. Busca llenar el vacío que encuentra en su corazón. Quiere ser, permanecer.

Para ello, se afana, trabaja, se esfuerza. Busca la felicidad en la falsa seguridad que proporciona el dinero. Se esfuerza en complacer a su cuerpo dándole gusto en todas sus exigencias. Intenta evadirse de una realidad que no le gusta, y cae en la esclavitud de la droga. Pero nada de esto logra satisfacer, llenar su corazón.

Tú y yo, conocemos la solución a este sufrimiento. Tú y yo, como entonces los apóstoles, estamos llamados a anunciarle dónde esta la vida. Tú y yo, hemos de llevarle al único que puede salvar, al único que con su amor puede hacerle feliz y dar sentido a su vida. Nosotros, lo recibimos gratis y no podemos negarnos a darlo gratis. No rehuyamos la misión.

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